La soportable pesadez del cine

En ocasiones pasamos incontables horas tratando de ubicar ideas generadas a lo largo del transcurrir incesante de los días y que se acumulan de una forma prácticamente anodina. Aquellos que viven inmersos en un cúmulo de sensaciones e ideas ininterrumpido acaban por plantearse el sentido de su existencia dentro del contexto social en el que (con frecuencia, para su desgracia) les ha tocado vivir. Las crisis existenciales (un “invento” macabro de nuestro córtex prefrontal) han promovido creaciones literarias que resisten el paso del tiempo, dando lugar a una enciclopedia emocional que permite identificar los síntomas de dichas crisis cuando te las tropiezas al girar la próxima esquina. El cine, como complemento a la oda literaria existencial, ayuda a recrear los pesares cotidianos con la ventaja de ofrecer rostros, acciones y expresiones que, sin ir acompañadas de componente verbal o escrito, permiten al espectador reconocer (y reconocerse en) estados que le son familiares de una forma quizá más cómplice, a priori, que una descripción escrita o hablada de los mismos.

Y es que desde que alcanzamos a razonar mínimamente sobre las complejidades de nuestro entorno (y como éste interacciona con nosotros) sucumbimos a tormentos de mayor o menor importancia… La pregunta pertinente sería, tal vez, ¿Cuándo comienza todo entonces? Si tuviera que elegir un intervalo de edad, apostaría galones de oro a la turbulenta adolescencia. No son pocas las películas donde la adolescencia es la protagonista por encima de los intérpretes, como ya se ha comentado aquí antes. Quizá sea también dentro de esa etapa donde el paisaje cerebral se torna más lábil y donde los puntos de vista se vuelven líneas de fuga. Dentro de éste contexto es siempre interesante el papel que juegan los padres, representando sufridores anacrónicos que se ven abocados a una batalla perdida de antemano. Pero, ¿y si esos padres, conscientes de las perturbaciones del mundo, deciden ganar la batalla antes de que empiece? En Canino” (Yorgos Lanthimos, 2009, Grecia) una de las cintas que más me han conseguido despertar sensación de pena y asco por igual (entiéndase, de forma brillante), los tres hijos de la familia (que ya parecen haber pasado la pubertad física) viven en un estado de aislamiento pergeñado por unos padres sospechosos de haber sufrido (él más que ella) numerosos traumas adolescentes. Todo está envuelto por un halo de ingenuidad plastificada, donde las palabras no representan a los objetos o donde los padres parecen privatizar el despertar sexual de sus hijos (particularmente del mayor). Sin embargo, el plan maestro de estos padres hace aguas, debido, precisamente, a esa mitigación de la libido que padece el primogénito: la chica que su padre paga para que se acueste con él desata una crisis existencial en las dos hermanas, que lleva al padre a prescindir de los servicios de ésta y a actuar de manera desesperada al asumir que la mejor solución es el incesto, utilizándolo como castigo contra las dos hermanas y para mantener controlada la sexualidad del único “macho” de su camada, haciendo, para ello, que el hermano elija a la hermana con la que quiere acostarse. La película nos presenta una panorámica macabra de las inevitables inmundicias que podrían derivar de la represión forzada de acontecimientos, digámoslo así, relativamente naturales.

Cartel de Canino

Para aquellos/as algo más aprehensivos/as, una cinta que también evoca las problemáticas existenciales adolescentes desde una perspectiva más cercana a lo que todos conocemos es Las ventajas de ser un marginado” (Stephen Chbosky, 2012, EEUU). Si aún sientes cierto olor a espíritu adolescente (los deudores de los 90 me habrán entendido) cuando comienzas tu día, es prácticamente inevitable no sentirte atraído por el personaje que interpreta Emma Watson y no sentirte identificado (si lo tuyo no era el instituto) con el protagonista de la cinta (Logan Lerman). No siendo una película excesivamente cautivadora, creo que recoge bastante bien las principales incidencias de una comunidad adolescente: dificultad para sociabilizar, primeros fracasos amorosos, búsqueda irresoluta de la identidad sexual y personal, además de brindar al espectador la sensación de que una amistad fraguada en el seno de la adolescencia puede volverse imperecedera. En mi mente aparece un mensaje cuando termina el filme: da igual lo incoherente de esa etapa, se acaba terminando, dando paso a una incertidumbre de aire gustoso.

Protagonistas de la película Las ventajas de ser un marginado

No son, sin embargo, menos encomiables las etapas de autoconocimiento ulteriores, donde se comienza a pensar en el futuro de manera mucho más seria,  habiendo soltado parte del lastre púber, v.g. el constante control parental, pero arrastrando aún delirantes incongruencias adolescentes e incontrolables y tórridos encuentros sexuales. Encontrar películas que se ubiquen en esta franja de edad y que no sean un completo despiporre de drogas, sexo y rock and roll se antoja difícil. De todas las que llevo vistas hasta ahora sólo he encontrado dos con las que abordar la temática de esta entrada. Si alguien conoce más o sabe de alguna que pudiera estar relacionada, le agradecería que me diera las referencias. La primera de estas películas donde la juventud se ahoga en tormentos existenciales es “Buscando un beso a medianoche (Alex Holdridge, 2007, EEUU). Desde los puntos de vista de dos jóvenes que están a punto de pasar a la treintena, la película, que en ocasiones puede parecer algo vacua, trata de jugar al ratón y al gato con el espectador a través de lo que a mí me parece una crítica al estereotipo de personalidad de género, de manera que llega un punto en que la crisis existencial que atraviesan los protagonistas se funde y se presenta como un momento de desasosiego uniforme para ambos motivado, quizá, por la infraestructura social en la que pululan. Entre los principales problemas que refleja la película y que, puede que atribuyendo esta reflexión a mis experiencias personales, me parecen más acertados, está la hipocresía y la poca empatía de una etapa donde no sabes si ni siquiera pondrás el huevo, como te dicen coloquialmente.

Escena de la película Buscando un beso a medianoche donde los protagonistas comparten desventuras.

El otro filme que se ubica en esta franja de edad y que he decidido introducir en esta entrada es 50/50″ (Jonathan Levine, 2011 EEUU). Aquí, un joven de aparente vida normal (Joseph Gordon Levitt) se enfrenta a una situación que no suele corresponderse con las desventuras de un chico de su edad: diagnóstico de cáncer y todo lo que eso conlleva. Sin ser un alarde de maestría, la cinta transmite una sensación donde el cáncer no sólo es la enfermedad que está haciendo peligrar la vida del protagonista, sino que es una alegoría de los verdaderos males de la sociedad (una vez más, podréis pensar, pero nunca viene mal que te refresquen la memoria). Me parecen muy significativas las escenas donde él va a correr a pesar de que sufre dolores constantes en la espalda a causa del tumor… ¿no es quizá muy parecido a esa incesante prisa por conseguirlo todo en el menor tiempo posible, y de la forma más perfecta, sin importar el dolor que arrastremos para ello? Lo dejo a la libre interpretación del lector que haya visualizado la película. Otro de los temas que me parece importante en la etapa post-pubertad y que aquí se magnifica por motivos de enfermedad, es la limadura de la relación paterno-filial, siempre menoscabada durante la adolescencia en mayor o menor grado. En este caso el protagonista, que no tiene la mejor de las relaciones con su madre, va descubriendo que en realidad ni se odiaban tanto ni se querían tan poco. Del mismo modo, las nuevas vías amorosas que pueden intuirse al final de la adolescencia empiezan a aparecer de diversas maneras, terminando relaciones demasiado tempranas que quizá no han sido bien trabajadas e iniciando otras donde aprecias mejor los detalles de tus gustos y pormenorizas los “defectos” ajenos. En la película, el protagonista, a través de explorar sus propios miedos, abriéndose a una persona que en parte se identifica con él, descubre que existen amores intensos más allá de la adolescencia. Es la apertura al mundo que siempre se espera cuando terminas el instituto, magnificada, en este caso, por la enfermedad del protagonista.

Pongamos ahora que ya estamos asentados, que el devenir de nuestras vidas se ha visto favorecido con un trabajo que nos gusta o una agradable familia o una solvencia económica que nos permite ser desprendidos con nuestros caprichos. Sin embargo, a veces todo esto pasa a ser rutinario, pierde gracia y te hace verte envuelto en estados cercanos a los de la adolescencia. Pasamos a lo que social y culturalmente se denomina “crisis de edad”. A riesgo de ser tildado de poco original, sin duda hay dos películas que no puedo dejar pasar en este apartado. La primera de ellas es ya un clásico, prácticamente obra de culto. Estoy hablando de American Beauty” (Sam Mendes, 1999, EEUU), como no. Es el sumun de las crisis existenciales, perfectamente enmarcadas por un magistral Kevin Spacey que, aletargado por la simpleza rutinaria, de repente se ve imbuido en reflexiones que atormentan a adolescentes de su mismo contexto (de ahí que casi establezca una relación de amistad con el hijo del vecino). El constructo familiar, de un alto grado de artificialidad, sucumbe ante la pesadez existencial de sus protagonistas, presas de las fiebres del éxito, el vigor sexual o la independencia, cada una de las cuales, desgastadas con el paso del tiempo, son ahora regurgitadas por personas que hace tiempo que se alejaron de ese primer estadio que más arriba apuntalamos como el comienzo de toda crisis existencial. La hija adolescente, rebelde por naturaleza, queda desconcertada ante las diatribas alejadas de lo convencional que manifiestan sus padres, alcanzando el punto álgido en la mítica escena de la cena, que acaba con los espárragos estrellados contra la pared del comedor ¡Ella quiere ser la adolescente y sus padres no la dejan!. Un batiburrillo de complejas emociones que alcanza el culmen del existencialismo cinematográfico con la escena de la bolsa de plástico danzando entre corrientes de aire.

Es curioso que cuando te alcanza alguna crisis de edad, a veces lo hace porque eres capaz de analizar en otra persona, generalmente más joven, las bondades de vivir en una edad que siempre nos parece que no supimos apreciar o valorar… Y entonces apareció Bill Murray para mostrarnos en la espléndida Lost in Translation” (Soffia Coppola, 2003, EEUU) como las crisis existenciales se pueden llevar con relativa elegancia. El encontrarse con Charlotte (Scarlett Johansson), una chica que vive también en una nube de emociones contradictorias y que trata de encontrarse a sí misma, reactiva en él aptitudes perdidas, pero de una forma diferente al personaje de Spacey en American Beauty. Da la impresión de que Bob (Bill Murray) sólo quiere volver a respirar el aire adolescente; levantarse al día siguiente y que la ropa esté embadurnada en aromas de juventud. Únicamente quiere saber si realmente puede seguir siendo joven cuando le plazca. La escena donde, tras pasar la noche de karaoke con Charlotte y acostarla plácidamente, habla con su mujer ejerciendo de marido y padre es como si se estuviera fumando el cigarrillo pertinente tras un momento de tensión sexual por fin consumado…por fin consigue relajarse, tras comprobar que la juventud aún no se le ha escapado del todo. Es de resaltar la frase de Charlotte cuando, en lo que termina siendo casi una fiesta de pijamas (tras pasar por un local de perversión nipona) ella le recalca “no volvamos aquí jamás, porque nunca será tan divertido” ¿Acaso no parece el alegato para finiquitar una etapa que ya no se repetirá aunque queramos?

Dos rostros, dos edades, dos vidas y una complicidad carente de límites se retratan en Lost in Traslation.

Llegamos al final de esta entrada, quizá extensa. Las edades parecen llevar adjuntas diversas estructuras mentales específicas. La pregunta que, como última reflexión, podría surgir sería: ¿es la adolescencia, semilla de crisis existenciales, un acontecimiento cíclico en la ontogenia del ser humano? Quizá sea una reflexión que abunde más entre aquellos lectores que están aún escapando de ella. Si tengo que elegir una película para decirle a alguien que esté en esa etapa “oye, fíjate, que también hubo adolescencia antes de la tuya”, sin duda sería Los cuatrocientos golpes” (François Truffaut, 1959, Francia). La Francia de La Nouvelle Vague nos muestra cómo, a pesar de los cambios sociales, culturales o tecnológicos, alguien de catorce años en aquel momento podría ser alguien de catorce años en estos momentos. No quiero reventar el final de la película, pero sin duda es la mejor representación de que al escapar de la adolescencia aparece ante nosotros todo un océano a la espera de ser remado.

Cartel de “Los cuatrocientos golpes”

 

 

 

Acerca de Jose Joaquín Serrano Morales

Biólogo y Técnico de Laboratorio de formación. En pleno proceso de terminar un Máster de investigación, soy una persona con una extensa inquietud por todos los ámbitos del conocimiento. Mi pasión por el cine es uno de los motivos de mi participación en éste blog.

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