Atlántida Film Fest ’16 – Memoria (Les Anarchistes / The childhood of a leader)

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Cuando descubrí que el Atlántida Film Fest (AFF) en su sexta edición iba a cambiar el formato de proyección de contenidos, sustituyendo las secciones tradicionales (oficial y atlas) por un eje temático que organizara la exhibición de los mismos, me pareció una idea que anticipaba algunos cambios necesarios de un certamen que esperamos en este blog con gran satisfacción año tras año. Al que hemos visto crecer y madurar con paso ligero pero firme . Pero si tras esta apuesta, compruebas que el tema elegido es Europa, en su vertiente histórica, política, generacional y como no, territorial, no queda otra que plegar velas y dedicarte a imaginar con deleite y expectación como vas a organizar la agenda cinéfila para no perderte lo fundamental, dejando hueco para lo inesperado. Todo es más fácil con amigos y colaboradores y si unes ambos perfiles el trabajo va saliendo solo. De esta manera nos hemos distribuido el catálogo los escribientes en este blog, empezando la travesía por la sección Memoria y esperando llegar en plena forma a la sección Fronteras, con un doble objetivo, abarcar cada sección de manera amplia y concedernos mayor flexibilidad a la hora de comentar las producciones que realmente nos apetezca.

La intención de la sección Memoria es ofrecer una panorámica de como han tratado las últimas producciones cinematográficas los principales hitos históricos que han condicionado la construcción de ese territorio conceptual que llamamos Europa. Por eso la cobertura temporal que narran las películas incluidas en esta sección, empieza a finales del s.XIX  y abarca todo el s.XX. Porque no se trata de hacer arqueología por los destinos del conjunto de países que delimitan geográficamente el continente, sino de poner en la mesa de disección la idea en sí misma, la ficción y el horizonte compartido de un proyecto que tomó forma tras la 2ª G.M. pero que empezó a fraguarse mucho antes. Primero como un conjunto de aspiraciones idealistas de caracter más rupturista, después como una síntesis guiada por el convencimiento de hacer de la necesidad, virtud. Las películas que he elegido pienso que ponen de manifiesto este doble movimiento en la construcción de Europa, esta pugna latente entre lo que pudo ser y lo que finalmente fue, y que se materializó en un orden institucional que hoy vuelve a ponerse en cuestión, a través de una crisis de ideas como soberanía, globalización, nacionalismo y democracia.

Me hice anarquista por amor (Les Anarchistes, Elie Wajeman, 2015)

Si medimos el valor de la revolución social y política por la capacidad de afectar la vida emocional de sus protagonistas, sean estos voluntarios o participantes accidentales, más que por el significado colectivo que pueda tener para el devenir de los acontecimientos históricos, desde luego esta película podría ser un buen referente para apoyar esta tesis.

A finales del siglo XIX Europa aun estaba inmersa en el sueño del progreso. Con la revolución industrial ya consolidada en buena parte de Europa Occidental, las potencias estaban preocupadas en obtener la mejor posición en el nuevo escenario. Se prefiguraba un campo abonado para el intercambio comercial entre naciones y el triunfo de  la burguesia industrial como clase económica y política dirigente. En este contexto, Francia vivia el ‘fin de siècle’ con las mismas aspiraciones, pero de forma más lenta e incierta, debido entre otros factores, al fuerte arraigo de la teoría socialista entre los intelectuales, artistas y representantes díscolos de la nueva burguesía, los cuales ejercían un contrapoder cada vez mas desmoralizado y dañado por múltiples disputas internas. Disputas que acabaron fagocitando su valor emancipador en un proceso que culminó en su conversión a posiciones más liberales que revolucionarias. Una de las consecuencias de este conflicto de intereses en la lucha sindical, fue la fuerte emergencia de una ideología cuya novedad se basaba en el marcado caracter ético de su proyecto. El movimiento anarquista surge como una moción a la totalidad de toda estructura política basada en el Estado y el peso de las instituciones en la organización de la vida social, incluido el sueño bolchevique, de un gobierno de la clase trabajadora.  Una visión romántica, radical y socialmente ambiciosa, que prometía, esta vez sí, el fin de la opresión del hombre sobre el hombre. Ese era el objetivo compartido, en los medios adecuados para conseguirlo había menos consenso. Las asambleas y la huelga en fábricas y grandes centros industriales provocaron la reacción del establishment, aumentando la represión y la vigilancia que se saldaba con pocos logros y cada vez más detenciones. Proporcionalmente la virulencia de las acciones y sabotajes de los anarquitas mas comprometidos iba en aumento, y a principios de s.XX el anarquismo era considerado el principal enemigo a batir por las ejecutivas policiales de cada país. Salvando las distancias, su alcance y percepción social era equivalente a versiones actuales de terrorismo. Es decir, era vistos como una amaneza real, la marginalidad vino después.

Ahora sí, enfocado el contexto, podemos hablar de la película. Y no es casual haberlo introducido antes, ya que es el hándicap de esta cinta, a pesar de sus otros aciertos, como la fotografía, vestuario e interpretaciones. La ausencia de un marco teórico desde el cual el espectador pueda entender y sentir la complicidad necesaria con la historia que nos cuenta. La película narra el periplo vital de los integrantes de una banda anarquista en el París de 1899, seguramente inspirada en la Banda de Bonnot. En un bar seductor antro que les sirve de base de operaciones, entre sones de jazz y denso humo, un grupo de amigos discuten el método de acción política más adecuado. Élisée (Swann Arlaud), más intelectual que militante, se rinde ante la evidencia de que no son tiempos para la lírica, cuando su camarada, el frio y huraño Eugene, lanza su diatriba y aboga por la acción violenta, sabotaje y financiación directa a través de atracos a bancos, secuestros y otros acciones de ‘iniciación’. Judith (Adèle Exarchopoulos), novia del primero, escucha preocupada su discurso, pero con el gesto firme de quien teme claudicar por la duda y que la esperanza de un mundo igualitario se convierta en humo. Ya no había marcha atrás. Con el recuerdo aun muy reciente de su hermano muerto, se unió a éste y a Éliseé en el amor y en la politica. Como ella misma dice: «en la infacia, en esa época en la que la felicidad parece posible. No, no posible. Obligatoria». El bueno de Biscuit (Karim Leklou), paria de sangre y metalúrgico de profesión, está demasiado preocupado en vivir el amor a pesar del hambre. Con gesto distraido, la única revolución que realmente le interesa es la de la emoción, la del erotismo y el corazón, que empieza y termina con Martha (Aurelia Poirier). Todos ellos viven y duermen juntos en un caserón señorial, de una adinerada madrina, Marie-Louise (Sarah Le Picard), muy comprometida con la revolución de los oprimidos, aunque ella pertenezca al bando equivocado.

Ilustración conmemorativa de la Comuna de Pareís (1871). Durante unos días se hizo realidad un gobierno autogestionado.

Es precisamente la ingenuidad de Biscuit, la que hace posible la incorporación al grupo de Jean (Tahar Rahim), policía infiltrado, para espiar y descubrir los planes insurrectos de la banda antes de que lo cometan. La misión está clara, pero como él dice «todo lo que sabe se lo enseñó Victor Hugo», y con ese maestro intelectual el conflicto interno está servido. Conflicto que se manifiesta en la emoción y complicidad que siente hacia Élisée, al mismo tiempo que su caracter disciplinado le mueve a cumplir su deber policial. También la tensión entre el amor pasional que desata su relación con Judith, y la conciencia plena de estar siendo deshonesto. Conflictos emocionales que soportan todo el peso de la película.

Y es que el interesante reparto (Adèle y Karim inmensos), la atención del vestuario y escenarios, y una cuidada sutiliza en algunos diálogos destacan muy por encima de otros elementos en esta cinta. No esperéis contenido político, ni una recreación de los claroscuros de este movimiento fundamental para entender la historia de las revoluciones sociales. Tampoco una narración arriesgada sobre la tensión entre la inspiración intelectual y la lucha violenta en los orígines del anarquismo. Es una historia donde la ideología le sirve de excusa al director para hablarnos de revoluciones personales, de la pérdida de la ingenuidad, de la vulnerabilidad del individuo frente al Estado y de como el saldo de pérdida o ganancia en la lucha colectiva afecta sobre todo a la biografía individual.

Psicoanálisis de un lider fascista (The childhood of a leader, Brady Corbet, 2015.)

Acaba de finalizar la 1ª Guerra Mundial, y Europa apenas empieza su reconstrucción. Ahora toca la recapitulación de las potencias vencedoras y la distribución de responsabilidades que serán formalizadas en el Tratado de Versalles (1919), a partir del cual más de 50 países se situarán en nuevas posiciones de salida. Una guerra difícil de asimilar, una tarea de reconstrucción de la vieja Europa, que no volverá a ser la misma, que aunque crea que todo terminó, después de haber acabado con la vida de 10 millones de personas, no imagina lo que está por llegar: el nacimiento de una bestia en la psique de una generación derrotada que este conflicto ayudó a concebir.

Poster original de la película ‘The childhood of a leader’

Esta película se aplica en rastrear como se gesta el odio adulto en la mente de un niño. Un ensayo de genealogía moral del fascismo a partir de una obra homónima escrita por Sartre (El muro, 1939), en la que se basa esta película. Y lo hace asomándose a la vida de una familia expatriada por la Gran Guerra, la cual ha dejado en sus miembros heridas incurables, profundas, a pesar del orgulloso intento de aparentar lo contrario. Nos encontramos con el padre de familia (Liam Cunningham), diplomático inglés, que absorvido por la urgencia de los acontecimientos observa con impotencia como su solvencia para velar por los intereses de su patria no es compatible con proteger la unidad de su familia. Este peso recae en la madre (Bèrènice Bejo) , una mujer antaño fuerte a la que la guerra, el exilio y las obligaciones de su marido han agotado y confundido tanto que solo encuentra en la fe su refugio. Esta devoción, se pone a prueba, en la tumultuosa relación con el hijo, de nombre Prescott, que está pasando por una etapa compleja… por decirlo de algún modo.

Y es que la educación sentimental de Prescott, un chico delgado de unos 9 años de edad, de rostro afilado y rubia cabellera, hace tiempo entró en crisis y parece que nadie entiende sus arrebatos de furia incontenida y gratuita, que bien podrían ser llamadas de auxilio que rebotan contra unos padres ausentes. Por la vida de Prescott van pasando una serie de personas que moldearán su caracter para siempre. Como la institutriz Ada (Stacy Martin) que descubrirá la fria e implacable astucia del chico tras ver frustrado su deseo (pulsión erótica que diría Freud). O los compañeros de colegio que se burlan de su fragilidad y caracter retraído. La influencia ambivalente de un amigo de confianza de la familia, cuyo papel en la historia no está nada claro añade perplejidad a la atormentada mente del chico. O la misma ama de llaves, con la que parece tener el único gesto de compasión y respeto, un atisbo de ternura en un mundo adulto percibido como hostil. La espiral de reproches y enfrentamiento de Prescott va en aumento, tiñendo de suspense a una atmósfera claustrofóbica e inquietante que acompaña el curso de los acontecimientos. El guion se hilvana cómodo y creible, en una aproximación al precipicio que me produjo como espectador un regusto a tragedia clásica, una ventana limpia e intacta a través de la cual observar un fatal desenlace.

Escena de la película: la madre (Bérénice Bejo) y el niño Prescott (Tom Sweet)

Y es que el director Brady Corbet, actor en películas de corte existencial como Melancholia (Lars Von Trier, 2011) o un clásico del terror psicológico como Funny Games (Michael Haneke, 2007), plantea para su ópera prima una mezcla bien agitada de los elementos que caracterizan el cine oscuro y reflexivo de Haneke, Terence Malick, Kubrick y otros maestros del género con los que ha tenido la suerte de trabajar. La banda sonora de Scott Walker impregna cada escena de un poder de seducción irresistible, traduciendo de forma magistral la intensidad emocional de la familia y el contexto postbélico. Buen hacer de este realizador, cuyo propósito se ha visto reforzado por unas interpretaciones acordes con el tono general de la cinta. Logra lo que se propone, inquietar al espectador, mostrar el germen del mal en la etapa más vulnerable, la infancia; donde se resuelven los acertijos emocionales que condicionaran la vida adulta. Con elegancia estética, sin sobresaltos histéricos y ejecutando a la perfección los elementos dramáticos que van más allá de la lágrima, la pena y la melancolía. Apuntan directamente al inconsciente, embarcando al espectador en un viaje del que irá aquiriendo conciencia de forma progresiva, hasta llegar a un final apoteósico, un maravilloso salto al vacío, donde la indiferencia no tiene cabida.

Acerca de Alberto Pendón

Mi vida intelectualmente activa ha girado en torno a la Filosofía y la Documentación. Haga lo que haga con ella, siempre trato de ponerle aptitud, emoción y algo de vocación para darle sabor. La nota al pie, siempre ha sido el cine. En este espacio espero darle más protagonismo y compartirlo con todos vosotros. Sígueme en Google+

2 comments

  1. Hola Antonio! Gracias por dejarnos tu comentario. Efectivamente, desde esa perspectiva emocional o subjetiva el director consigue lo que se propone, pero mi debilidad por el denominado cine político, hace que genere expectativas acerca de la recreación histórica de las ideas que pone en juego, y en eso se queda corto a mi juicio.

    Muy bien traida la comparación con Donnie Brasco, no habia pensado en ella, pero ahora que lo dices es verdad que hay coincidencias con Joe Pistone, aunque éste lo supera en intensidad narrativa. También me has hecho recordar a la famila investigada en Donnie, los Bonano, cuya historia criminal tiene su perfecto complemento en el libro ‘Honrarás a tu padre’ de Gay Talese (Alfaguara, 2011), que si no lo has leído, desde aquí aprovecho para recomendarte.

    Un saludo!!

  2. Buenas! He visto Les Anarchistes a raíz de vuestro post.
    Como bien dices, y creo que es una decisión acertada del director, se centra en las tensiones individuales del trío protagonista (Rahim-Exarchopoulos-Arlaud) por cumplir cada uno con su rol en la vida (tanto política como vital).
    En este sentido, Jean Albertini (Rahim) nos hace rememorar, gratamente y con más semejanzas que diferencias, a otro gran infiltrado de la historia del cine: Joe Pistone aka Donnie Brasco aka Johnny Depp.
    Buen film (7/10).

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