Amores cinematográficos de una noche de verano

Parece que el estío llega a su fin (al menos lo que es el período “oficial” de vacaciones), llevándose consigo todo lo tórrido que suele aparejar la temporada veraniega. Y sí, cuando digo tórrido englobo no solo insoportables noches de calor que casi te obligan a descarnarte, sino también incorregibles impulsos de dejar volar a cortisol, dopamina, oxitocina… Es la oportunidad de tener amores que difícilmente olvidas, por lo breve, lo intenso y lo imprevisible de esos momentos. Por todo ello creí conveniente hacer un repaso a esas películas que nos muestran virtudes y taras de las relaciones amorosas. Son películas necesarias, porque no edulcoran la realidad, dotando al espectador de la sensación de haber sido el protagonista de alguna de ellas en algún momento de su vida, satisfaciendo esa necesidad tan humana de identificarse con los problemas ajenos como bálsamo de los males propios, en lugar de retratar acontecimientos idílicos para otorgar al espectador descafeinadas historias de amor poco realistas. Como veremos a continuación cada película nos ofrece una visión particular, algunas más orientadas a las partes estéticas, otras repletas de conversaciones trepidantes y algunas con un enfoque sorprendente, lo que le da al plano amoroso una ubicación dentro de las ciencias de la complejidad, siendo una de las características de estas últimas la incertidumbre y los procesos caóticos. Y es que, aunque creamos que en temas de amor está todo dicho, parece que el incesante paso del tiempo aún puede cogernos por sorpresa y mostrarnos lo poco que sabemos todavía de las interacciones entre dos mentes racionales que se someten a impulsos primarios. Pero vamos al cine y dejemos el caos, la complejidad y la incertidumbre para la reflexión final.

¿Cómo abordar un tema tan peliagudo como el amor, con sus vaivenes constantes y sus variaciones habituales alrededor de una única interacción entre dos personas? Tenía muchas dudas acerca de la dinámica a seguir, pero puede que lo mejor sea elaborar un hilo argumental basado en las vicisitudes de una relación amorosa, en la evolución de la misma, desde que se establece un primer contacto, desde que salta esa “chispa”, hasta que el amor se acaba o bien se instaura por un tiempo indeterminado. Es por ello que puede ser interesante ver como se resaltan las diversas etapas de una relación en un recorrido por distintas películas. Ya se sabe desde hace tiempo que el sentimiento que aparece es una cuestión principalmente bioquímica, con una base biológica, pero que ha sido moldeado por los aspectos culturales, convirtiendo al amor en un icono de felicidad para muchos inalcanzable, lo que por otra parte lo convierte también en icono de frustración. Muchos libros se han escrito al respecto, tratando de abordar la parte psicológica o biológica del tema, pero parafraseando al filósofo de la ciencia Paul Feyerabend (1924-1994), en lugar de leer densos libros de filosofía, vean cine para comprender mucho del ser humano…Y para comprender algunos aspectos del amor, ¿por qué no recurrir al cine? Aquí sólo he hecho una selección de algunas películas, pero cabe destacar que el archivo cinematográfico dedicado a las relaciones es muy amplio, así que el lector podrá estar o no de acuerdo con las opiniones aquí vertidas y sobre la validez de la selección propiamente dicha para explicar lo que se quiere explicar. Las críticas son siempre bien recibidas.

Arun Pandit (Fuente: artodyssey1.blogspot.nl)

Primera estación, esperanza

Los procesos químicos que tienen lugar en nuestras neuronas en el primer paso para todo lo que podríamos llamar “el acontecimiento amoroso” son desencadenados por el estímulo visual. Aquí tiene importancia la atracción hacia la otra persona; una atracción que puede o no tener lugar en el primer encuentro y que, como veremos a continuación, puede ser una cuestión de físico; implicando aspectos de la presumible belleza o no de la otra persona, o una cuestión de actitud; un estímulo desencadenado por la forma de actuar de alguien. En la industria del cine son muchas los guiños a este primer instante, a ese momento que en ocasiones te pintan mágico o fortuito, y que desencadena toda una sucesión de reacciones bioquímicas. En Hierro 3 (Kim Ki-Duk, Corea del Sur, 2004)”, la protagonista (Lee Seung-yeong) tiene ese momento de admiración por otra persona (Jae Hee), que ha entrado en su casa sin más intención que pasar allí la noche, y que manifiesta unos rasgos totalmente distintos a los de su marido, un tirano que la subyuga a base de golpes y provocaciones verbales. En un marco donde sobran las palabras, no es ella la que siente atracción física, sino él, que incluso se masturba admirando sus fotos, ajeno a que ella lo observa. Ella, también a través del estímulo visual, pero no de la atracción física, se siente inmediatamente atraída por los rasgos aparentemente amables de él. En otra película, “Sobran las palabras (Nicole Holofcener, EE.UU, 2013)”, quizá menos elegante, más orientada a buscar las “cosquillas” del espectador a través de un humor agridulce, el primer contacto visual entre los dos individuos sólo parece despertar interés en uno de ellos (James Gandolfini). La película es un intento de mostrar que ese primer contacto visual está sobrevalorado, que las conexiones personales se establecen a posteriori y que las apariencias engañan (todo un clásico). Sin embargo puede que ese primer contacto visual esté acompañado por un componente biográfico del o la protagonista de la historia. Cuando quiero decir biográfico me refiero a factores que has ido incorporando con el tiempo a tu ideal de persona y que pueden derivar de otras relaciones ya acabadas (o inacabadas). O también, como el protagonista de “El marido de la peluquera (Patrice Leconte, Francia, 1990)”, a causa de un recuerdo de infancia que le marca para el resto de su vida. En la película, Antonine (Jean Rochefort) tiene claro lo qué busca, así que ese primer contacto visual está, por decirlo de alguna forma, determinado, y no tiene nada de sorpresivo. Su obsesión es casarse con una peluquera, y conoce a la chica perfecta (Anna Galiena). Tal es así que le pide matrimonio la primera vez que la ve, a lo que ella responde con una evasiva gestual y verbal. Sin embargo parece que en ella se despierta el interés tras ese primer contacto, y acepta el matrimonio al segundo encuentro, sin que él diga nada al respecto, como si supiera que eso fuera a ocurrir. Esta última película es un tanto más peculiar y muestra un paisaje idílico adrede, en el cual los problemas de las relaciones ajenas orbitan alrededor de un amor prácticamente poético.

Escena de la película 'El marido de la peluquera' (Patrice Leconte, 1990)

Chic@ conoce chic@

Acabada toda esta primera etapa de contactos y estímulos algo más superficiales, llega el momento de profundizar y conocer a la otra persona. En Sobran las palabras, los protagonistas han de empezar a conocerse, pero desde una posición distinta, más orientada a buscar el cachito de felicidad icónico que comentaba al principio, ya que sus vidas están atravesando por la temible etapa de la monotonía en soledad que tanto asusta a los ideólogos de la felicidad. El humor, las risas y las impertérritas cenas con vino, son las herramientas para desatornillar las figuras casi robóticas que llegan al saludo inicial, tanto en el caso de él, que a priori partía en desventaja por su aspecto físico, como de ella (Julia Louis-Dreyffus), que pese a las reticencias físicas se siente atraída de inmediato por la comodidad del momento. Conocerse puede ser casual, no premeditado (como en el caso anterior), de forma que de manera fortuita, y manejados por la situación, comienza un paseo para descubrir (y si queréis, para recordar…). En Deseando amar (Kar-Wai Wong, China, 2000)” los protagonistas de la cinta, un hombre (Tony Leung Chiu Wai) y una mujer (Maggie Cheung) casados y vecinos, se ven envueltos en una historia de amor compartida por las mismas carencias afectivas, derivadas éstas de las infidelidades de sus respectivos conyugues. Son las situaciones, perfectamente recreadas por Kar-Wai, con planos a cámara lenta, que captan hasta el más mínimo detalle de los sentimientos de los protagonistas a través de sus gestos y expresiones, y un fondo musical soberbio que los acompasa, las que nos muestran como ambas personas se reconocen en sus propios estados de infelicidad. Es entonces cuando ambos, conscientemente, aunque tratando de evitar ser sus némesis conyugales, comienzan a dejar de tener encuentros fortuitos y pasan a quedar, no siendo nada nuevo lo que descubren; ya sabían el uno del otro, únicamente necesitaban el candor de regocijarse en el mismo lecho de miseria. Sin embargo, también puede ocurrir que conocerse sea más bien la integración de una vida en otra, de validar que lo que te gusta de la otra persona es lo que falta en tu vida. En Hierro 3, ella siente que necesita de la vida que él tiene y cae de manera indefectible en sus costumbres y hábitos, conociéndolo a través de la repetición de sus propias acciones. Él, que ya había manifestado su interés por ella de manera sexual, y que experimenta una sensación de protección ante la injusticia de trato por parte del marido, comienza a sentirse parte de algo gracias a ese acercamiento de ella hacia su forma de vida. Todo ello sin diálogos, los cuales son desplazados a las relaciones paralelas que se intuyen en las casas donde ambos pasan las noche. Recrea un contexto donde no hacen falta caricias para desnudarse. Pero ¿y si no hiciera falta conocerse? ¿Y si todo lo que tenías que conocer ya lo conocías? Justo lo que le pasa a Antonine en El marido de la peluquera, que no tiene que descubrir nada, todo lo que necesitaba saber estaba ya presente desde el primer momento, siendo ella una espectadora de como él manifiesta su amor; como aprovecha la oportunidad de ofrecerle la esencia de una vida contenida para ella. Con el manifiesto de poema de amor casi bucólico encerrado entre cuatro paredes, la etapa de conocerse sólo parece manifestarse aquí en la exploración sexual que él hace para ella, del goce de verla gozar, de descubrir que el amante también se debe mostrar en todo su esplendor para encontrar la complicidad de una relación.

Fragmentos de la película 'Deseando amar' (Kar-Wai Wong, 200)' acompañados de una envolvente banda sonora

El roce…hace rozaduras

Pero todos hemos vivido en nuestra piel el devenir de alguna situación amorosa tras los primeros y gloriosos momentos de aprender cómo puede ser la otra persona. El conocerse deja tras de sí regueros de incomprensión en gustos y acciones. Plasmar esto en las películas puede resultar incómodo porque el concepto de amor ha llegado a idealizarse como la fuerza vital que mueve el mundo, pero seamos justos: en una relación las idas y venidas sentimentales son lo más frecuente y se vuelven más constantes cuanto más avanza el tiempo. A veces encuentras que lo que se acaba forjando no es más que un reflejo de aquello que intentas evitar, como sucede en Deseando amar, donde los protagonistas, en su afán por descubrirse, acaban por destapar sus miedos a ser aquellos de los que huían. Interpretando una y otra vez la escena donde ella se enfrenta al momento de decirle a su marido que sabe que la engaña, acaba llorando, afectada por sentir que realmente se ha enamorado de su nuevo compañero. Del mismo modo, el amante no escatima elogios amorosos hacia ella, mostrando sin pudor lo que le sucede. Ambos se han dado cuenta de que ahora ya no pueden seguir, de que si continúan acabarán en el punto desde donde han partido, de forma que envuelven su historia en hojas de recuerdo y las ocultan como el secreto de un amor inconfesable, mientras se vislumbra que ella lo recuerda como lo que pudo ser y él como lo que fue. En otras ocasiones tus influencias y el ambiente acaban por modificar el estatus de la relación. En Sobran las palabras ocurre que el ambiente de la protagonista, aderezado con un matrimonio algo desequilibrado, una clienta a la que da masajes y que habla fatal de su exmarido, y la amiga de su hija que la trata como la figura maternal que no parece encontrar en su verdadera madre, moldea el concepto que ella tiene de la persona por la que empieza a sentir, hasta el punto que llega a ridiculizar los hábitos del protagonista cuando se lo presenta a sus amigos, momento en que la relación comienza a resquebrajarse. Sin darse cuenta, aquello que en un principio podía parecerle tierno o encantador se transforma en la diana de sus males. Pero también ocurre que a veces, con el paso del tiempo, llega el problema de los tres cuerpos, un famoso problema matemático que trajo de cabeza a los matemáticos más eminentes de los siglos XVIII y XIX y que yo he querido adaptar como un guiño científico. Y es que aunque las interacciones entre dos personas (dos cuerpos en la formulación original) pueden producir resultados definidos (unos más probables que otros), cuando se introduce un tercer término en esta ecuación lo único de lo que se puede estar seguro es de la aparición de un comportamiento caótico. Esto se muestra en la películaEl declive del imperio americano (Denys Arcand, Canadá, 1986)”, donde los protagonistas, todos amigos y con estatus universitario, se agotan unos a otros con mentiras acerca de sus verdaderas vidas amorosas, hasta que la conjunción de tríos y tétradas desparrama las infidelidades cruzadas y los problemas conyugales que se exacerban con el transcurrir del tiempo dentro de las propias relaciones. Las frustraciones de los protagonistas encuentran refugio en las mujeres y hombres de sus amigos y amigas. Traiciones que promueven distintos resultados según si son ellos/as los que las comenten o si es a ellos/as a los que les toca sufrirlas.

A veces es la sensación de ver que tú das más y la otra persona da menos. En El marido de la peluquera, el protagonista, mayor y ostensiblemente menos agraciado físicamente que la protagonista (que se muestra despampanante), muestra en algún momento su preocupación por la notable diferencia, aunque no parece que en su flujo de amor exista el coitus interruptus de dicha diferencia, ni de edad ni del mantenimiento de él por parte de ella. La presión social por las diferencias en este aspecto la observamos en una pareja anecdótica, que aparece un par de veces, y en la cual él parece vivir presionado para mantener a su preciosa mujer, madre de sus hijos y de la que está plenamente enamorado, sufriendo por la posible marcha de ella ante su ineptitud para darle todo lo que ella necesita, en un estado contrario al que experimentan los verdaderos protagonistas de la cinta.

Y comieron…y se empacharon

Y todo tiene un final, bueno o malo. En las relaciones amorosas también. Y en nuestra selección de películas, por supuesto. Y es que si sumamos todo lo que llevamos hasta ahora cada uno puede imaginar finales de todos los colores para los protagonistas. Los idilios tienen ese tufo utópico que casi te hacen sentir inmundo ya estés soltero o en pareja. Pero ya sabemos que cualquier papel pintado, por muy bonito que sea, tiene una esquina que está levantada y que si tiras de la misma acabarás por romperlo. La poética historia de Antonine y su mujer en El marido de la peluquera se torna en una historia de tristeza cuando ella decide acabar con su vida para evitar el amargor de que cese todo el amor que experimentan. No quiere conocer esa sensación. Antonine queda encapsulado en una última escena repleta de tristeza, pese al cómico baile que le otorga a un cliente, y con el cual obsequiaba a su vida, su mujer. Con un comienzo sobre finales así la cosa no parece que vaya a mejorar mucho. Y no, no lo hace. Sin embargo, y a pesar de la aparente tristeza que os empieza a embargar, se puede atisbar el respiradero entre tanto manto de hielo. En Sobran las palabras, tras el descrédito de la protagonista hacia el protagonista, y a pesar de disculpas y ruegos, la relación social acaba, y comienza un barbecho sentimental, donde cada uno, sumergido en su mundo de cotidianidad, se estiman, para que en una escena final algo desaliñada se confiesen haber pensado el uno en el otro. De nuevo una broma y las ascuas parecen empezar a reavivarse. Todo lo contrario que en Deseando amar, donde la vida sigue para cada uno, sigilosa, sin más ruido que el de la asombrosa banda sonora que acalla el crepitar de las profusas ascuas que se intuyen al recorrer las últimas miradas de los protagonistas. En Hierro 3, como en una malévola alegoría, el romance entre los dos protagonistas se manifiesta en forma de alegría insulsa, congestionada por la figura del marido entre la cual ambos protagonistas se quieren como si fueran sombras. Pero si de finales de historias de amor complejas queremos hablar, sin duda hay que nombrar París, Texas (Win Wenders, Alemania, Francia [et.al], 1984)”. En ella, el protagonista (Harry Dean Stanton) se reencuentra consigo mismo a través de recuerdos y situaciones que le obligan a recordar de manera a veces inconsciente. Con la intención de que su hijo (y él mismo) se reencuentre con su madre (Nastassja Kinski) viaja hasta Houston y allí descubre que ella trabaja en un sucedáneo de burdel, donde los hombres alimentan sus fantasías a través de un cristal opaco para la chica que se encuentra del otro lado y cuya única comunicación es a través de un teléfono y unos altavoces. En una primera visita, donde el impacto de volver a saber de ella le hace ser algo brusco, no consigue manifestarse como quisiera, así que en la segunda charla comienza una de las conversaciones sobre la tristeza del amor inconcluso más emocionantes y desgarradoras que se deben de haber visto en el cine. En una metáfora de lo que muchas relaciones son, se citan en una de las salas que tiene como cartel “cafetería” (¡Una cafetería! Lugar donde las parejas distienden sus problemas), para que, separados por ese cristal, que los vuelve invisibles a sus ojos pero no a sus oídos (tal y como sucede en muchas cafeterías, siendo en éstas un cristal metafórico) se confiesen, primero él, narrando la historia de su amor con un tono firme pero taciturno, y en la cual Jane (Nastassja Kinski) se va reconociendo poco a poco, y después ella, explicando abrumada por la situación que le ha sido imposible reconocer su voz, porque para ella todos los hombres que van allí tienen su voz, en un gesto para mostrarle su amor imperecedero impregnado en sollozos. Sin condimentos innecesarios, se despliega ante el espectador la historia más triste y mejor contada de cómo no siempre se puede amar como a uno le gustaría.

Trailer de 'París, Texas' (Wim Wenders, 1984)

El derrotismo ilustrado

¿Y después? Para el después he dejado una película completa, Flores rotas (Jim Jarmusch, EE.UU, 2005)”. Con su habitual pose, un magnífico Bill Murray nos muestra como después de muchos amores de primavera, verano, otoño, invierno y así hasta donde su condición de Don Juan le permitiera llegar, sólo queda el no recuerdo de muchos entre el recuerdo de muy pocos. Conmocionado por la llegada de una carta donde una de sus ex le informa sobre su presumible hijo, su amigo y vecino, antítesis de su vida, consigue convencerlo para que elabore una lista de probables candidatas a ser la madre. Cada uno de los cuatro “después” que intenta reconstruir para su satisfacción personal (no deja de ser Don Juan), la de conocer la identidad de la madre, le muestra su marca personal en cada una de las mujeres que visita, además de comprobar que su tórrida vida en chándal no es mucho peor que la que ellas experimentan. En un punto donde ya ha cumplido con todos los amores que ha querido (ese dubitativo modo de tratar de convencer a su última compañera para que no se vaya de su casa en el quicio de la puerta, al comienzo de la película, es toda una mezcla de desidia y miedo a la soledad) ahora se encuentra ante un nuevo amor que no sabe si podrá manejar y que parece ser producto de alguno de sus romances preferidos. Consumido por la incertidumbre, sospecha de todo chaval veinteañero que se cruza, y aconseja a uno de ellos que asalta en una cafetería con la fulminante verdad de que “el pasado, pasado está, eso ya lo sé, y el futuro aún no ha llegado, traiga lo que traiga, así que lo único que hay es esto, el presente”. Sin mucha vuelta de hoja, Murray nos ofrece un panorama del avance de la flecha del tiempo donde la incertidumbre está por llegar, venga con lo que venga. Las condiciones iniciales van a influir en esa incertidumbre, determinando el siguiente paso, por lo que nada más queda bregar en el estado actual, donde la complejidad reinante transforma los caóticos procesos amorosos.

Diferentes trailers de la película 'Flores rotas' (Jim Jarmusch, 2005)

Acerca de Jose Joaquín Serrano Morales

Biólogo y Técnico de Laboratorio de formación. En pleno proceso de terminar un Máster de investigación, soy una persona con una extensa inquietud por todos los ámbitos del conocimiento. Mi pasión por el cine es uno de los motivos de mi participación en éste blog.

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