Como reinventar la política (El Estado de la Unión)

Inauguramos categoría con un clásico del cine político firmado por el genial Frank Capra, un autor que después de luchar por su independencia como creador, se esmeró en volcar su visión del mundo en cada una de sus películas. Esta simbiosis entre creador y obra produce en esta cinta momentos delirantes de corte patriótico con otros de extremada agudeza de análisis acerca de las cuestiones que aparecen representadas en la historia. La historia de un hombre ejemplar, industrial de éxito, de moral conservadora y ánimo campechano, que emprende un viaje hacia sí mismo a través de un duro camino iniciático; la carrera política.

Ficha Técnica y visionado en Filmin

Desperezándose todavía el pueblo estadouninidense del mal sueño al que les llevó la crisis bursátil del 29, el partido republicano se encuentra profundamente dividido debido al tropiezo electoral que padecen uno tras otro sus aspirantes a la Casa Blanca. En este contexto, a un asesor en horas bajas se le ofrece la oportunidad de levantar su carrera proponiendo a un candidato válido para el puesto; la promesa que acabe por fin con la hegemonía demócrata. Para ello cuenta con el aparente apoyo de la editora jefe del periódico con más tirada del país, también en plena renovación de su estructura, que ha sido hasta ahora el mayor y más acreditado altavoz del partido republicano ante la opinión pública. La fría y metódica Kay Thorndyke (Angela Lansbury), observa en este candidato el señuelo ideal para iniciar su plan de venganza paterno filial contra la cúpula dirigente del partido, a la cual, considera culpable de sabotear las aspiraciones de su padre en su camino a la presidencia. Dicha propuesta es acogida con bastante recelo por el asesor Jim Conover (Adolphe Menjou), que sin embargo acata con fingida desesperación, la candidatura de Grant Matthews (Spencer Tracy), honesto y lúcido industrial que ejemplifica a la perfección el sueño americano, intentando compensar toda experiencia política.

Aquí comienza la inmersión de un hombre tranquilo y de firmes principios en el lodazal de la política profesional. Muy reacio al principio, intenta convencer a sus dos padrinos de que ser honesto no es compatible con la carrera presidencial. Después de ciertas vacilaciones, acaba seducido por la elocuencia de Kay, con la que además mantiene un secreto idilio. Esta integridad inicial pronto se verá amenazada y puesta en tela de juicio a lo largo de toda la trama. Otro personaje interesante, es la atractiva y sentimental Mary (Katherine Hepburn), esposa del candidato, cuya relación conyugal se encuentra al borde del fracaso. La paciencia y la confianza hacia su marido le hacen asumir la responsabilidad y acompañarlo en esta aventura. Será su principal aliada, intentando mantenerlo a salvo de las sucias estratagemas de la campaña, planificada escrupulosamente por la imperturbable Kay y el asesor Conover, a su vez demasiado contaminado por una dilatada trayectoria en los pasillos del poder. El brillante discurso de presentación, que alimenta las esperanzas de parias e incrédulos, pronto se convertirá en anécdota siendo advertido de que su praxis hacia la victoria no es la correcta. Así pues, mientras Grant, hombre piadoso, intenta llegar al corazón de la gente comprometiéndose con sus problemas, Conover pretende que su trampolín hacia la Casa Blanca venga dada por las relaciones fraguadas con la élite empresarial del país.

Tiene que desviar su mensaje conciliador, el único pueblo que le aupará al triunfo es el que forman los grandes hombres, los grandes inversores y financieros, con los únicos que hay que hacer tratos y comprometerse. De esta manera, sus buenas intenciones huirán tras sucumbir al encanto de los burócratas, la buena conciencia ya no está en él, pero se mantiene cerca, concretamente en el genio nada condescendiente de su mujer, la que le grita sin reparos que ética y política deben ir unidas, que no es posible aplazar su compromiso con el bien común y olvidar que los medios utilizados son la auténtica garantía para que la persona que empezó como candidato sea la misma que consiga la presidencia.

Con este planteamiento y algunos personajes secundarios -el irónico periodista y jefe de campaña improvisado Spike McMannus (Van Johnson)– que ofrecen excelentes réplicas a las situaciones que se van sucediendo, Capra monta la trama, auténticos disparates trenzados con escenas subversivas, que con maestría de ilusionista hace y deshace a su voluntad. Sitúa al espectador en un continuo vaivén emocional, pasando de la candidez a lo subversivo en sucesivas escenas. Gran ayuda le presta la salvaje presencia de Katherine Hepburn (Mary), cuyo personaje razona de esta manera en una parte del film; “Ustedes los políticos parecen profesionales, porque los votantes son aficionados”.

Y es que a pesar de la grandilocuencia exagerada de algunas escenas, que parecen simular, sin éxito, el optimismo narrativo de aquella mítica película de Charlot, lo realmente agudo y significativo se encuentra en los diálogos íntimos entre los distintos personajes. Cuando tras las puertas cerradas confiesan o se descubren las verdaderas intenciones, la lucidez y el escrupuloso paralelismo que se establece entre los dos caminos que se cruzan en el político profesionalizado; mantenerse coherente con su persona o rendir pleitesía a la disciplina que le impone el partido, dos orillas que hoy día incluso han dejado de ser una opción si hablamos de política de Estado.

Escepticismo del ciudadano hacia el político

Una gran vocación moral contiene esta cinta, y una firme creencia en la voluntad del hombre corriente para cambiar el curso de los acontecimientos. Aspectos que reconocen al Capra más optimista, todo un abanderado de las buenas intenciones, cuyo alter ego parece alentar con una brisa de complicidad al actual movimiento de indignación que ha surgido contra la élite política y su tiranía electoral.

Cine jovial jovial, correcto y con un gran reparto, que se convierte en una oportunidad de observar la sencillez de un argumento que, en clave de comedia, ya vislumbra el cinismo que lleva consigo la política profesional y que hoy se convierte en una evidencia. A pesar de que haya escenas en las que nuestra incredulidad se imponga y el sentido común se rebele contra el etnocentrismo que impregna algunos discursos, se trata de una producción que supuso un antes y un después en el cine de denuncia. La anacrónica ingenuidad y el optimismo ideológico que desprende provocan que el espectador acabe el visionado con cierto regocijo sentimental, con la tímida y breve sensación de que todo el mundo puede ser bueno…a pesar de los demás.

Acerca de Alberto Pendón

Mi vida intelectualmente activa ha girado en torno a la Filosofía y la Documentación. Haga lo que haga con ella, siempre trato de ponerle aptitud, emoción y algo de vocación para darle sabor. La nota al pie, siempre ha sido el cine. En este espacio espero darle más protagonismo y compartirlo con todos vosotros. Sígueme en Google+

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