DE VIAJE AL ATLÁNTIDA FILM FEST 2015: UNA ODISEA (2)

Llegamos a la última crónica dedicada al Atlántida Film Fest 2015, con cuatro películas a exhibición en la sección Atlas de este certamen anual. Ya comentaba en la primera parte de esta entrada que el tiempo era un hándicap a tener en cuenta por los organizadores del festival para próximas ediciones. A diferencia de la sección Oficial, que conforma su programación en torno al cine low cost y de nuevos creadores, la sección Atlas acoge a cineastas ya consolidados en el circuito festivalero, junto a cintas que sorprendieron en algunos certámenes internacionales, en su mayoría producciones europeas y latinoamericanas.

Películas vistas en la sección Atlas del Atlántida Film Fest 2015

La hoja de ruta que he diseñado para esta despedida comienza con la película noruega In order of disappearance – Uno tras otro (Hans Petter Moland, 2014)”, traducida al español con el profético título ‘Uno tras otro’. Digo profético porque a pesar de que la película se presentaba con el aura y una clara influencia de los hermanos Cohen, finalmente deriva en una historia de venganza tradicional. Esa recopilación de disparos y muertes consecutivas tan recurrentes en las producciones cuyo máximo exponente fue Charles Bronson. Nils (Stellan Skarsgård), propietario de un camión quitanieves en una gélida provincia noruega, lleva una vida tranquila, fría e introspectiva, cuya única misión consiste en dejar el camino libre para la circulación. Es una zona fronteriza y terreno abonado para el tráfico ilegal de mercancías, contexto que provoca la trágica muerte de su hijo a manos de una banda de gangsters. A partir de ahí, la rabia se apodera del personaje, marcándose como objetivo la búsqueda y eliminación paulatina de todas aquellas personas implicadas en el asesinato de su hijo. Es cierto que esta simpleza argumental tiene su contrapeso en el buen trabajo de los secundarios, como el excéntrico líder de la banda criminal apodado ‘El Conde’, cuyos impulsos de crueldad se combinan con la pose patética y artificial de quien se cree el malo malísimo sin ver la que se le viene encima. Mención especial también merece la actuación de la pareja de policías encargados de la investigación, cuya incompetencia y debilidad, ofrece una estupenda justificación a la decisión del padre de tomarse la justicia por su mano. Estas apariciones son las que acercan a esta película al tono típico de los Cohen, que junto a una estética oscura de paisajes abiertos e inquietantes personalidades provincianas ofrecen un matiz insuficiente a una historia que acaba enredada en un carrusel de disparos y lugares comunes.

Superados los preparativos iniciales llegamos a la estación principal con la película “The Fool (Yuri Bykov. Rusia, 2014)”, un retrato descarnado y satírico de la burocracia administrativa de una pequeña población en el norte de Rusia. La historia es fabulosa en su sencillez. Un joven aparejador, Dima Nikitin (Artyom Bystrov), padre de familia sobradamente preparado, está a punto de ser ascendido y conseguir la ansiada titulación de arquitectura, después de un largo camino salpicado del hastío y la desconfianza generada por un sistema académico dominado por las élites. Sin embargo, en una revisión rutinaria a uno de los edificios de residentes que abarrotan las zonas más deprimidas de la ciudad, se encuentra con la trágica evidencia que indica su inminente derrumbamiento en un plazo máximo de 24 horas. La respuesta por parte del gobierno local, es previsible pero no por ello menos descorazonadora. A partir de este momento, la cinta nos muestra la eterna lucha del individuo contra la maquinaria corrupta y cínica de la administración. Un héroe anónimo, que sin abandonar su escepticismo, aún le queda esa fuerza vital que otorga el compromiso, la empatía y la responsabilidad moral ante sus semejantes. Al otro lado, una red de intereses creados, culpabilidad y privilegios que como una costra impenetrable van desplazando el problema ante la impotencia del protagonista. Cruzando esta dialéctica, y a medida que la trama avanza, se encuentra en ella reminiscencias de los problemas morales clásicos en la literatura rusa, presentes en ‘El idiota’ de Dostoievski o en los cuentos de Nabokov. Pero también la atmósfera evoca a la claustrofobia y el existencialismo kafkiano, semejante, por poner solo un ejemplo, al que pone en juego en la novela ‘El Castillo’. Después de disfrutar con esta epopeya posmoderna, puedo decir que ha sido una de las mayores sorpresas de esta edición del Atlántida, y sin duda una de las estaciones recomendadas en mi viaje por este certamen.

Continuamos el viaje con la última producción de la veterana realizadora Rakhshan Bani-Eteman, cineasta iraní muy popular en su país por su trabajo sobre todo en la no-ficción documental. En “Ghesseha – Tales (Irán, 2014)” se introduce en la ficción, pero sin dejar de lado las herramientas básicas del documental, donde la presencia del narrador y la cámara pasa sin disimulo por el conjunto de historias que aparecen representadas en la cinta. Historias que a modo de puzle emocional, van configurando un elocuente retrato de la sociedad iraní en general y del rol de la mujer en particular. Huyendo de tópicos eurocéntricos, pero manteniendo sin complejos una voz crítica, nos muestra una sociedad que poco a poco se está emancipando de los tiempos más oscuros marcados por la injerencia islamista en la vida cotidiana de los/as ciudadanos. No obstante, la propia realización de la película ha estado condicionada por la intolerancia de las autoridades iraníes, en la que una ley absurda carga de restricciones insalvables la producción de películas en su territorio. Bani-Eteman tuvo una salida ágil, y decidió rodar la historia mediante sucesivos cortometrajes (las leyes solo afectan a largometrajes, no dicen nada explícitamente sobre los cortos), para después pasarlos por un montaje donde pieza a pieza dieron lugar a la película completa que nos atañe. Y es que no solo la forma, también el contenido, está impregnado por esta sensación fragmentada. La mayoría de escenas ocurre en interiores (taxis, habitaciones, patios, oficinas, etc.), diálogos donde la condición y posición femenina está omnipresente, revelando un caleidoscopio de comportamientos y posiciones ante la vida que distan mucho de la homogeneidad que a priori podríamos suponer. Se convierte en una prueba de la capacidad de adaptación y el impulso vital de una sociedad civil, que tarde o temprano acaba encontrando mecanismos de resistencia  al conservadurismo reaccionario de las élites gobernantes. Aquí no hay una historia principal que sirva de nexo a cada relato por separado, pero sí se observa como trasciende un concepto que dota de unidad a la película. La sensación de que algo está cambiando, a pesar del inmovilismo de las instituciones. La búsqueda de la emancipación femenina  como trasunto común de las diferentes situaciones personales, a pesar de partir de posiciones desiguales y de ser afectadas por conflictos cruzados y heterogéneos (divorcio, independencia económica, trabajo, burocracia, relaciones de poder, etc). En un contexto donde la educación no es fuente de civilización sino un instrumento de control, lo revolucionario se sitúa en los gestos, en la actitud cotidiana y en la experiencia-aprendizaje que brota de los excluidos. Consciente de esta idea, el formato de la cinta definido a base de microhistorias le sirve a la directora como metáfora fundamental de como el vehículo de la Historia encuentra aquí su verdadero motor, cuando se gripa en aquellos solemnes lugares donde se toman las decisiones. En resumen, una película excelente, con interpretaciones naturales y cercanas a la dramaturgia teatral, una realización artesana y sutil, y un significado alejado del exotismo simplón a favor de una representación madura de los conflictos y los personajes.

Con esto llegamos a la última estación con una película que se inscribe en esa corriente indie que tan acostumbrados nos tiene a planteamientos tan sugerentes como poco innovadores. Se trata de la producción canadiense “Tu Dors Nicole (Stephane Lafleur, 2014)”, que toma el testigo de películas notables como la estadounidense “Frances Ha (Noah Baumbach, 2012)” o la alemana “Oh Boy (Jan Ole Gerster, 2012)”, imitando su gusto por el rodaje en un elegante blanco y negro con una clara pretensión por acercarse a ese tono bohemio de la ‘nouvelle vague’. Eso  en cuanto a la forma. El contenido toma su principal referencia de la despreocupación que habitaban las primeras películas de Woody Allen como “Annie Hall’ (1977)  o ‘Manhattan’ (1979), y que se manifiesta en la (a veces exasperante) languidez de los personajes junto a  la aparente intrascendencia del guion que confía en la mirada psicoanalítica del espectador para desvelar un mensaje profundo y complejo.  Esta fórmula no tiene el éxito garantizado, y en gran medida depende del talento interpretativo y la naturalidad de las situaciones que se recreen. Así podemos pasar de una grata conmoción proporcionada por la sobresaliente Greta Gerwig, protagonista de la fresca y divertida ‘Frances Ha’, a la insustancial actuación de Julianne Côte, como protagonista principal  de ‘Tu dors Nicole’, en la cual acompañamos a una joven adolescente y su particular iniciación sentimental durante la época estival. Las expectativas generadas por su extrovertida amiga Veronique (Catherine St-Laurent), se ven frenadas por una realidad menos atractiva donde el aburrimiento y las pocas oportunidades que tienen de vivir nuevas experiencias frustran la explosión eufórica que se supone a ciertas edades.  La historia está plagada de escenas prescindibles, si no fuera porque quizás ayuden a situar al espectador en ese ambiente plomizo a la vez que ingenuo que propone el director. El contrapunto que hace a la película entretenida, lo pone el personaje de Martin (Godefroy Reding), un niño de 10 años que bebe los vientos por Nicole, el cual con una voz en off impostada para la ocasión, realiza algunas diatribas dialécticas de lo más interesantes, situándolo como el personaje más adulto y sensato de la cinta. Un niño que hace de adulto y unos adolescentes que nacieron aburridos. Un panorama ideal para que los espectadores se disfracen de terapeutas por un rato, e intenten extraer un aprendizaje que salve la diáfana existencia de este grupo de adolescentes que la historia nos muestra.

Y como todo lo bueno tiene un final, hemos llegado al término de nuestra travesía por el Atlántida Film Fest 2015, cuya crónica en esta edición ha contado con sucesivas entradas que sirven de testimonio a las experiencias individuales de los autores que habitamos este blog. Una cita anual, que ya es tradición en la blogosfera, y que para la próxima edición prometemos un mayor seguimiento y un tratamiento a la altura de este festival. Mientras tanto, seguiremos imaginando mundos posibles de la mano del séptimo arte y la cultura audiovisual.

Hasta pronto!!

Acerca de Alberto Pendón

Mi vida intelectualmente activa ha girado en torno a la Filosofía y la Documentación. Haga lo que haga con ella, siempre trato de ponerle aptitud, emoción y algo de vocación para darle sabor. La nota al pie, siempre ha sido el cine. En este espacio espero darle más protagonismo y compartirlo con todos vosotros. Sígueme en Google+

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