Encontrando la humanidad del científico en el fin del mundo.

¿Por qué te hiciste científico? ¿Qué personas se esconden detrás de los clásicos estereotipos que nos venden en series y programas de televisión? Son preguntas que podrían marcar el ritmo (puede que en algún momento lo hagan) del documental Encuentros en el fin del mundo (Werner Herzog, 2006), una cinta que nos muestra las peculiaridades y las señas de humanidad de un conjunto de personas, en su mayoría científicos, que tuvieron la determinación, por diversos motivos, de irse a vivir a la base de McMurdo, en la Isla de Ross, dentro del continente de la Antártida. Aquí ya tenemos el primer punto llamativo del documental: la Antártida, tierra de nadie y que, como nos mostrará Herzog (en el papel de camarógrafo, entrevistador y narrador), puede ser un lugar para todos; un lugar donde no parecen existir clases, grupos, etnias ni ningún otro tipo de división capaz de generar cierta acritud entre poblaciones; un lugar donde un filósofo maneja una excavadora o un doctorado en física te puede servir helado; un lugar donde personas que tienen un legado marcado por la soledad o por, digámoslo así, cierta “austeridad social”, parecen por fin ubicarse dentro de una comunidad que les brinda la oportunidad de moverse en un círculo de comprensión y que, a su vez, les permite continuar con su historia solitaria a través de asentamientos en diversas localizaciones del continentes antártico, donde llevan a cabo sus investigaciones. El filme está plagado de historias que merecen ser desgranadas con un poco más de detalle y que como científico en ciernes me han calado hondamente, sobre todo por encontrar cierto paralelismo en alguna de esas historias con respecto a la mía propia.

Cartel promocional de la versión americana del documental “Encuentros en el fin del mundo”.

Durante todo el documental Herzog nos brinda unos planos magníficos, repletos de imágenes que te conducen a una inmensidad casi cósmica, donde se hacen innecesarios los comentarios y donde, además, quedas embelesado por la complejidad que encierra el continente antártico, otrora considera un yermo páramo helado. Espectaculares imágenes con fondos marinos repletos de vida que parece sacada de otro planeta. Yo, como biólogo, no puedo dejar de quedar fascinado con animales como medusas (cnidarios) o las ofiuras (equinodermos, parientes de las estrellas de mar) que pueblan ambientes arenosos. Los planos donde su amigo Henry Kaiser enfoca las grandes masas de hielo vistas desde el interior del agua, con los buzos prácticamente imbricados con el paisaje, hace que el propio Herzog comente la semejanza con un paseo de astronautas, una forma de resaltar, quizá, el alto grado de desconocimiento de éste mundo que habitamos, comparable al del vasto universo. Con planos de McMurdo desde una colina cercana se nos invita a reflexionar sobre cómo hasta el (a priori) más yermo de los parajes, con todas las condiciones inhóspitas habidas y por haber, es transformado por nosotros y conseguimos que sea hasta agradable para la vida (la nuestra, claro está). Herzog pone de manifiesto esto cuando señala: “McMurdo tiene de todo, hasta una sala de fitness, cafetería, pubs…quería salir de ahí”…ni siquiera en los confines del mundo puede uno atormentarse sin los lujos de la civilización; es lo que parece querer resaltar con ese desaire. Pero si por un plano concreto es recordada esta cinta es por ese en el cual un pingüino se aleja del objetivo en pos de una muerte segura, hacia el interior del continente antártico. Nadie sabe por qué algunas veces determinados pingüinos se adentran hacia el continente en lugar de seguir el camino de los demás, hacia el mar, en busca de comida. Nadie interrumpe su camino, es su libertad de elección la que Herzog nos remarca en el plano, casi que humanizando al animal, que parece tener sus motivaciones, desconocidas e incomprensibles para nuestra mente.

Pero si de algo no está exento el documental es de motivaciones humanas, de personalidades singulares, de gente que escapa de un mundo que a veces los señala o del que no se sienten parte. Herzog consigue destapar con habilidad a la persona tras el científico, y eso es algo que me dejó fascinado. Siempre se nos entrevista o se nos ubica en nuestro puesto de trabajo, con el telón de la investigación que realizamos de fondo. En esta cinta el trabajo de cada uno es lo que menos interesa. Interesa que se esconde detrás de esos abnegados glaciólogos, biólogos, físicos, lingüistas…que tienen que decir más allá de esa envolvente de raciocinio que siempre nos viste. Comentar a cada uno de los personajes que salen en la cinta daría para tres entradas, mínimo, así que por cuestión de espacio sólo voy a comentar a tres o cuatro, aquellos que abdujeron mi mente con sus acciones y sus comentarios. Durante una de las escenas el plano se centra en el biólogo Sam Bowser, que reflexiona un momento antes de su última inmersión en busca de foraminíferos (pequeños protistas con concha), acerca del principio y el fin de las cosas, de cómo ser capaz de pasar el testigo cuando es necesario, algo que en el mundo de la ciencia se vive poco, con investigadores reacios a aceptar nuevas hipótesis o que defienden a capa y espada algo en lo que llevan trabajando mucho tiempo y que de repente alguien derroca (a veces novatos). El sistema necesita renovarse cada cierto tiempo. Quizá este pueda ser un detalle que entiendo como científico, pero creo que es algo que está arraigado en nuestros sistemas, sean políticos, científicos o económicos: el anquilosamiento de unos para el detrimento de otros. A pesar de la pesadumbre que parece mostrar el Doctor Browser al principio, el final subidos en lo alto de la base tocando la guitarra a todo volumen para celebrar el descubrimiento de tres nuevas especies de foraminíferos me parece que culmina su reflexión dando por finalizado el trabajo y sintiéndose únicos (por todo) en ese inmenso lugar.

Dos personajes más de la cinta me remueven la mente. El lingüista que se encuentra dentro del invernadero y el fontanero con raíces mayas. El primero es todo extravagancia, su aspecto, la ubicación y la hora a la que Herzog lo encuentra paseando por el invernadero (la una de la madrugada). Lo más importante de este encuentro es que se pone de manifiesto la sensación de muchos de los habitantes, la de encontrarse por fin con aquello que no habían tenido antes: un mundo donde, como dice el lingüista, “encuentro personas con mis mismas marcas tribales”. El otro individuo (el fontanero, David Pacheco) me llama la atención por un solo motivo, que tiene que ver con sus raíces. Señala (orgulloso) que posee ciertos rasgos anatómicos que son característicos de linaje real azteca e inca, siendo, además, apache. Su papel en McMurdo, a pesar de ser fontanero de sangre real, es equiparable al de cualquier otro de la base. No importa que sea apache, de ascendencia real inca y que sea el fontanero. Es aquí donde se refleja eso que comentaba al principio: parece que estemos en un lugar donde no importa nada que tenga que ver con procedencia, religión o grupo social. En la Antártida todos son extraños y todos quieren hacerse conocidos. La Antártida es un lugar inhóspito, pero no para la supervivencia y la vida, que vemos por todas las partes del continente, sino para los desbarajustes psicológicos que han provocado luchas, guerras y conflictos de diversa índole en el resto de continentes ¿Será cosa del frío o será que las personas que llegan a la Antártida tienen la mejor forma de ver la vida? Reflexiones que deben de contestar los lectores de este blog y aquellos que hayan visto la cinta.

Acerca de Jose Joaquín Serrano Morales

Biólogo y Técnico de Laboratorio de formación. En pleno proceso de terminar un Máster de investigación, soy una persona con una extensa inquietud por todos los ámbitos del conocimiento. Mi pasión por el cine es uno de los motivos de mi participación en éste blog.

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