Loach ha regresado: I, Daniel Blake

A Ken Loach, le avala la lucidez apabullante de su octogenaria biografía, y casi cinco décadas donde ha plasmado su compromiso social y político a través del cine, situando sus historias en la vida cotidiana, en el trabajo gremial, en la emoción sencilla y austera, pero, al mismo tiempo, revelando ideas de gran magnitud. Su último trabajo, ‘I Daniel Blake’ -flamante ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2016 y Premio del Público en San Sebastián ese mismo año- nos acerca a los silenciosos mecanismos que pone en marcha un poder disfrazado de leal asistente, mientras devora los valores sociales y asistenciales, esos que el capitalismo cedió a regañadientes y bautizó como Estado del bienestar. Nada nuevo bajo el sol en el universo Loach…aparentemente. Atrás quedan los ambientes autóctonos y la misión redentora de ‘Jimmy’s Hall’ (2014), o su inmersión sin demasiado éxito en la comedia gamberra con ‘La parte de los ángeles’ (2012). Confieso que estas producciones, hicieron titubear mi devoción por este realizador. Nada importante. Porque con esta cinta vuelve a cargar armas contra la complacencia como ya lo hiciera en ‘Felices Dieciséis’ (2002) o ‘La cuadrilla’ (2001), de la que ya hablamos en una entrada anterior.

Ken Loach (Nuneaton, 1936-)

Daniel Blake (Dave Johns) es un trabajador blanco que ha superado los 50. De profesión carpintero, trabajo al que ha dedicado media vida, pasándose la otra media cuidando de su mujer enferma dependiente, y ya fallecida. Durante una jornada fatal, sufre un infarto en su puesto de trabajo, y los médicos que visita concluyen el mismo diagnóstico; baja laboral por incapacidad, con el riesgo de morir en el intento. Aún no lo sabe, pero más que un diagnóstico, se trata de un veredicto.

Poster (no oficial) de la película

A partir de aquí, empieza su particular calvario kafkiano que pone a prueba la paciencia del espectador. Un salto sin flotador a la charca comunitaria en la que nadan sin rumbo aquellos contribuyentes que se atreven a exigir al sistema lo que les corresponde por derecho. Sin embargo, la realidad es letal. No tiene subsidio por incapacidad porque la mutua estatal no confirma el diagnóstico de los médicos, siendo su única solución la prestación por desempleo, con la condición de que cada mes presente informe de los currículos entregados, las empresas visitadas, la búsqueda 2.0 de ofertas de empleo, la asistencia a seminarios de coaching, y un sinfín de actividades que parecen querer acabar lo que el infarto no pudo. En medio de una disputa en la oficina de empleo, conoce a Katie (Hayley Squires), madre soltera con dos hijos, recién llegada a la ciudad tras la imposibilidad de optar a una vivienda de protección oficial en su localidad natal. Juntos formarán un equipo contra la adversidad de un sistema que los excluye, compartiendo auxilios y confidencias mientras intentan enderezar su vida, construyendo una segunda oportunidad a través del cuidado mutuo, desinteresado, como héroes involuntarios de una batalla por la dignidad que se renueva día a día, golpe a golpe.

Loach, cuenta para esta película con su colaborador habitual en la elaboración del guion, Paul Laverty, y un reparto encabezado por Dave Johns y Hayley Squires, que destacan de forma especial sobre el resto. Sus personajes muestran el contraste generacional, expresando con brillantez la complicidad, pero también las tensiones propias de una relación intergeneracional, que ofrece respuestas diferentes a problemas comunes. En este sentido, destaca en la cinta un tratamiento circunstancial de la brecha tecnológica, actualmente una de las mayores causas silenciosas de exclusión para un amplio segmento de la población. Es este un problema que habitualmente se ignora en los sesudos análisis economicistas de la desigualdad, y que la película muestra en su más trágica comicidad, en escenas donde, una vez más, es la sociedad civil, la gente anónima, la que sustituye a una Administración cuya única respuesta es la patada hacia delante. Completan el reparto los hijos de Katie, Brianna Shan (Daisy) y Dylan McKiernan (Dylan); Junior Atilassi, el ingenioso vecino de Daniel Blake, un joven estudiante que sobrevive con extraordinaria capacidad de adaptación mediante negocios de compraventa electrónica, y, por último; Sharon Percy  y Natalie Ann Jamieson, dos funcionarias con actitudes contrapuestas, que confrontan no sólo dos tipos de personas, sino sobre todo, dos modelos de servicio público.

En la escena: Katie (Hayley Squires) y Daniel Blake (Dave Johns)

En cuanto al aspecto formal de esta historia, Loach sigue dibujando con textura documental las sucesivas escenas, aportando mayor credibilidad al mensaje que intenta transmitir. Aquí el trabajo actoral es fundamental, cada gesto, mueca y pose corporal está al servicio de la escena en su conjunto, y es un proyecto arriesgado ya que puede desembocar en una sensación de ‘cámara oculta’ que distraiga y reste epicidad o dramatismo, emociones clave en toda la obra del director. La banda sonora, siendo a veces un aspecto descuidado en el cine del director británico, aquí se ubica donde corresponde, cediendo protagonismo al sonido ambiente. Sonidos rutinarios, industriales, urbanos, de espacios reducidos y abiertos, haciendo más palpable la sensación de desamparo del individuo y la agresividad del entorno. El cine de Loach no solo se ve, también se escucha. 

Todos somos o podemos ser Daniel Blake. Como si de una narración mítica se tratara, trasmite un mensaje universal a partir de un destino individual. Y esto es la mejor comprobación de que estamos ante uno de los mejores trabajos de este director. Es un bofetón de realidad a cámara lenta, que desvela que la supervivencia no es asunto superado, ni un fenómeno exótico o una experiencia simulada para nuevos ricos aburridos. La supervivencia se encuentra aquí mismo, en los Estados de bienestar que adoramos y cuyas consignas queremos creer a fuerza de repetirlas como autómatas. Simultáneamente, el futuro prometido termina por fagocitar los últimos restos de aquel humanismo que lo inspiró, haciendo subversiva cualquier apelación al más elemental de los sentidos. En este contexto, todo artista insurgente que nos afronte con el espejismo es bienvenido.

Y Ken Loach, a sus 80 años, sigue siendo el más convincente.

Acerca de Alberto Pendón

Mi vida intelectualmente activa ha girado en torno a la Filosofía y la Documentación. Haga lo que haga con ella, siempre trato de ponerle aptitud, emoción y algo de vocación para darle sabor. La nota al pie, siempre ha sido el cine. En este espacio espero darle más protagonismo y compartirlo con todos vosotros. Sígueme en Google+

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